Creí ver entre los árboles azules -mientras recordaba otro tiempo donde he comenzado ya a desvanecerme-, que parte de mí se desdoblaba. Pero no era yo. Era el perro que nos seguía y posaba imperturbable como una esfinge a tus pies. Era el perro que no pasaba de largo. Y nos esperaba como un Anubis blanco lleno de secretos. Nos miraba desdoblarnos y se desdoblaba también. Yo y el perro éramos tu madre, y tú un ángel portador de un sueño. Porque un perro del desierto está acostumbrado como yo a ver pasar el tiempo cargado de sorpresas en esas arenas que nublan los ojos con paisajes que jamás existieron y sin embargo están llenos de vida como estos árboles que cantan el misterio de sus frutos.
Es la hora del Oficio Nocturno, y la iglesia en penumbra parece que está llena de demonios. Esta es la hora de las tinieblas y de las fiestas. La hora de mis parrandas. Y regresa mi pasado. "Y mi pecado está siempre delante de mí"
Y mientras recitamos los salmos, mis recuerdos interfieren el rezo como radios y como roconolas. Vuelven viejas escenas de cine, pesadillas, horas solas en hoteles, bailes, viajes, besos, bares. Y surgen rostros olvidados. Cosas siniestras. Somoza asesinado sale de su mausoleo. (Con Sehón, rey de los amorreos, y Og, rey de Basán.) Las luces del "Copacabana" rielando en el agua negra del malecón, que mana de las cloacas de Managua. Conversaciones absurdas de noches de borrachera que se repiten y se repiten como un disco rayado. y los gritos de las ruletas, y las roconolas. "Y mi pecado está siempre delante de mí"
Es la hora en que brillan las luces de los burdeles y las cantinas. La casa de Caifás está llena de gente. Las luces del palacio de Somoza están prendidas. Es la hora en que se reúnen los Consejos de Guerra y los técnicos en torturas bajan a las prisiones. La hora de los policías secretos y de los espías, cuando los ladrones y los adúlteros rondan las casas y se ocultan los cadáveres. Un bulto cae al agua. Es la hora en que los moribundos entran en agonía. La hora del sudor en el huerto, y de las tentaciones. Afuera los primeros pájaros cantan tristes, llamando al sol. Es la hora de las tinieblas. Y la iglesia está helada, como llena de demonios, mientras seguimos en la noche recitando los salmos.
Video: Alcyna. Pinturas: Anne Bachelier. Música: Tornerai A. Ruggiero.
El abanico
— ¿Me esperará usted en ese antiguo café? Yo estaré leyendo un libro. Me reconocerá por el abanico. — ¿Es que aun se usan los abanicos? Antes no lo llevaba usted. — ¿Nunca le hablé de los guantes o del sombrero? —Quizás entonces no tenía importancia. Ha pasado mucho tiempo. Yo llevaré un reloj de bolsillo… No le hable a nadie sin preguntarle la hora. Si soy yo, verá ese reloj dorado con cadena saliendo de mi bolsillo izquierdo. — ¿Y por qué habría de preguntarle la hora, acaso tiene importancia la hora o el día? — ¿Está segura que quiere encontrarse conmigo? Cuénteme, ¿qué imagen tiene usted sobre la mesa… ¿qué calles? ¿Estará iluminado, hay ya caminos? ¿Dónde me dijo que queda ese café? — ¿Usted no es por casualidad aquel señor que conocí hace un tiempo en la casa de…? — ¿Se refiere usted a…¿ la de las cartas? No, no es posible, ella no estaba ese día. —Yo tampoco ¿Se burla usted? Entonces fue en el tren. —Me parece que tiene usted razón. Fue un viaje muy largo. —Sí, sí, ya lo recuerdo ¿Entonces viajamos juntos? Y cuénteme nos bajamos alguna vez ¿Caminamos por la nieve? — Sí, fue allí donde perdí una cigarrera de plata con mis iniciales. —No fumaba usted entonces. —Sí, yo fumaba eso lo recuerdo. —Entonces dígame cuáles eran sus iniciales. —¿Tiene importancia acaso cuáles eran? No le diré mis iniciales. Ni antes ni ahora. Diré que no tengo nombre. Que no tenía nombre. Y usted ¿cómo se llamaba? Dígame aunque sea un solo nombre. —No lo tengo, se lo daría, pero no lo tengo ¿Tiene importancia acaso? Pero usted ya me lo dio una vez, en el río, ¿se acuerda?, probamos unas manzanas muy dulces. —Yo tengo muy mala memoria y no recuerdo que comiéramos manzanas junto a un río ¿Era la manzana de Eva? —Una manzana cayó de un árbol y yo le pregunté si quería. Y usted dijo que sí. —Tendría hambre, supongo. —Sí, seguro que lo hizo por hambre y lo mismo hubiera dado piñas, uvas o plátanos fritos… —Sí sí, usted emitía un extraño siseo, ahora lo recuerdo. —No era yo, era usted. —Es extraño yo nunca siseo, clavo directamente los colmillos. —Está bien, está bien… no quiero recordar más detalles. Lo esperaré entonces en el antiguo café. —...
Sulamith Wülfing (Ilustradora alemana, 1901-1989) Video realizado por Nebrulla.
Sobre la tierra En medio de la noche Cruje un árbol triste Y la sangre corre rauda Por la montaña hasta cubrir el lago La fuente Un ojo de mar profundo Como el ancla de una vieja mariposa Que al fin se desprende de su tul Cuando nace el gusano Que debe arrastrarse Para empezar a escribir Sobre la tierra
Sabemos que este Reyno está enfermo, pero está vivo y llora de amor y de odio, por todas las fuerzas internas que se revelan y rebelan, queriendo amar como intuyen que es posible cuando se bebe de la misma fuente y comprendemos que el agua alcanza para todos, que no se vende, que está ahí y mana eternamente...
Ahí, donde cantan los árboles y el viento hace volar tu nombre, el sueño espera que regreses para unir los fragmentos del pasado que ya es. Busca el árbol más antiguo y más azul, la parte que me falta está escondida allí, encuéntrala y desata el encanto, entonces, yo me habré liberado para siempre, y no serán necesarias las alas o las escamas, la piel, la horca, las cadenas, el fuego de las hogueras, la sangre que gota a gota remueve las ruinas de la memoria llamándome, con ese oleaje insistente que no hay cómo detener...o descifrar.
Oír la melodía de tu corazón al otro lado de la niebla, de tus pasos cuando caminas sobre el mar, de tus dedos que sueñan sobre las letras del teclado, de tu respiración cuando al fin esa ventana se abre, y...
Veo su luz apagada y me esfuerzo en encenderla, dejo velas bailando en el camino, extiendo huellas de otros días. Abra la puerta, le digo, avance por la noche con esa mirada que derriba montañas y hace arder las zarzas cuando su corazón me alcanza... Y la luz se hace.
Hoy amenazaba tormenta, pero de momento no ¿y usted tiene alguna novedad? Sí, dicen los rumores que podría haber un terremoto esta semana o la próxima ¿Y eso se puede predecir? De alguna manera sí, le digo, por el movimiento de las placas subterráneas o submarinas y... la actividad volcánica. En algún momento ocurrirá, pero saberlo no sirve de nada, es como decir que todos vamos a morir. Este es un país que siempre está en movimiento, parece una serpiente ¿Tiembla dentro o fuera de usted? No lo sé, yo creo que me acomodo al movimiento de la tierra, respondo, mientras le doy vueltas al reloj de arena... ¿De qué hablábamos? ah sí, de catástrofes naturales... y emocionales, externas e internas ¿Catástrofes? ¿No somos catastróficos acaso? ¿le parece poco? Pero no nos habíamos propuesto un mal final, dice muy seguro. No tendremos un mal final, no lo escribiremos así, pero recuerde, somos lúcidos... viviremos con el dolor de la ausencia, le digo abriendo los brazos y pronunciando la contraseña ¡venga a mí la catástrofe! ¿Así se rendirá, no habrá ninguna lucha? No, no lucharé, estoy en sus manos. Pero debe resistir a mis asedios, expresa con gravedad, vuelva a las barricadas. Cómo decirle que ya no sirve de nada, he perdido mis armas y estamos mirándonos desde el ojo del huracán.
Si existiéramos, si dejáramos de ser estos fantasmas que se saludan al pasar clavando sus banderas en la nada o abriendo los brazos para decir al fin te encontré, soy yo, estoy aquí, descúbreme tras la ventana oscura, en esta caverna llena de animales que corren por el tiempo huyendo de la realidad. Si existiéramos, dices, sería inevitable no arder sobre las brasas del delirio, y si no hay tiempo no hay siempre ni esta noche ni los mares o las altas cordilleras que resbalan esculpiendo fronteras y liberando ecos de aquellos nombres que viven en nosotros.
El mundo está lleno de paisajes que esconden ojos bajo las aguas de un espejo. Busco manos entre las rocas, fragmentos de tu cuerpo en el tiempo, disperso, plegado en otros, confundido en un corazón que se agita con la marea de los siglos. Así tu imagen se alza en la tormenta que estremece al universo para estallar en mil estrellas con el beso urgente de la noche que amenaza reducirnos al sueño. Déjeme que la bese, dice, ¿dormirá conmigo esta noche? ¿no volverá a ser fría como un pez? He sido una sirena, respondo, con escamas verdes, azules y amarillas tornasol, nacaradas, muy bonitas... y a usted le gustaron mucho cuando me conoció.
Es cierto, todo empezó en la lejana mitología que no se acaba nunca y nos enreda los cuerpos en angustiosas metamorfosis, en lamentos originarios que ensayan como separar las aguas, los cielos, y esa tierra húmeda que quiere hacer brotar paisajes en el fuego que arde en todas las alcobas. Fue entonces cuando le prometí que en otra época volvería a buscarlo. Usted se desprendió de sus escamas, dice, no es un pez, pero tiene aún en sus pechos el sabor del océano, el salitre en su cuerpo, el recuerdo del mar en su piel... y usted continua siendo un navegante, le digo al oído, entonces atráigame, guíeme entre las sombras, y yo sonrío. Puedo hacerlo. Soy una estrella extinguida que con su luz cruza el tiempo que no existe ni hoy ni mañana ni siempre, pero usted me encenderá otra vez con su antorcha de oro que guarda el fuego robado a los dioses. Oiga mi canto lejano, venga, no se deje amedrentar por la noche, avance, pienso, mientras me busca con los ojos vendados, atráigame a su vientre, dice, siento la humedad de su sexo, mi antigua sirena, yo escalé sus almenas, forcé todos los cerrojos, busqué sus labios en las noches más negras ¿no dice que me amó desde el principio del tiempo?
Sí, lo amo desde entonces cuando hizo vibrar mi corazón como la campana de un templo.
Sube lentamente hasta mi cuarto y abre la puerta. Pero usted no es una sombra, exclama él, tiene las mejillas encendidas, le da luz sobre la cara y tiene el pelo ensortijado. Ha de ser por el vestido rojo, respondo. He deseado muchas noches este momento, dice, cuando mi corazón estalla a sus pies y con un beso largo, cálido y húmedo -blando beso de noche-, lo devuelve a su lugar y me empuja suavemente contra la puerta del armario desde donde nace una nube inmensa. Nos subimos, la ventana se abre y sobrevolamos la noche abrazados, mientras mi corazón se llena de lunares y monedas de oro ¿Es afición suya abordar nubes y alfombras voladoras, no piensa en el frío? Pregunta. Pero esta nube es tibia y la primavera con su sábana de aromas nos cubre de pétalos. ¿Qué ve si mira hacia abajo? Dice. Nada, un abismo ¿No hay ciudades iluminadas, ventanas encendidas en la noche, cuerpos que se aman o discuten? Nada, llevo una venda ahora y vuelo en plena oscuridad. Le quitaré la venda entonces, dice, y le mostraré mis ojos clavados en los suyos. Está bien ¿Ve mis ojos? Sí, entonces beso sus ojos y sus mejillas que arden, porque todo en él es un incendio ¿Será así mi amante? Pregunta. Usted es mi amante, respondo, está en mí. Creo que algún día nos encontraremos, dice. Quién sabe. El mundo baila sin rumbo como una pompa de jabón. ¿Tiene usted las mejillas encendidas como la Maja vestida, de Goya? Pregunta. Sí, ha de ser por el vestido rojo, pienso, mientras lo beso y siento como crecen los volcanes submarinos en el Sur.
Dante Gabriel Rossetti y la Hermandad Prerrafaelista
Dante Gabriel Rossetti fundó en Gran Bretaña, junto a los pintores Millais y Hunt la Hermandad Prerrafaelista. Sus intenciones eran recuperar lo esencial del ser humano a través de la pintura. Rossetti pronto siguió un camino de exaltado romanticismo y comenzó a pintar elaborados detalles en ropajes y decorados, naturalezas idealizadas y temas literarios que extraía de romances medievales. Sus principales temas fueron los orientales, las leyendas del rey Arturo y la obra de Dante. Su obra está marcada por las obsesiones amorosas, a partir del encuentro con la pintora y poeta Lizzy Siddal, cuando ella posaba en una bañera para la pintura “Ofelia”, de Millais. Rossetti se inspiró en ella y la hizo su modelo habitual. Su inquietante belleza cautivó al grupo prerrafaelista. Su imagen fue repetida hasta el cansancio en escenas de la “Divina Comedia” y en la “Vita Nuova”, e incluso después de muerta en “Beata Beatriz”, de Rossetti. Elizabeth Siddal era alta, delgada, cabellos cobrizos y párpados amplios, lo que inició el moderno tipo de belleza prerrafaelista, que también compartió de algún modo el pintor Burne-Jones quien adhirió al estilo. El rostro y la figura de Lizzy fueron la figura central en la obra de Rossetti, desde 1850 hasta la muerte de ella en 1862, por sobredosis de láudano. Rossetti la llora y entierra con ella todos sus manuscritos. Años después, volvió para recuperarlos, con lo que despertó el horror de sus amistades. En 1861 se funda la Morris, Marshall, Faulkner & Co., por parte de William Morris, con Burne-Jones, Rossetti y Madox Brown, la que más tarde será decisiva en el desarrollo del arte decorativo victoriano y de la tendencia estética. Juntos realizaron una prolífica obra y crearon un estilo. Posteriormente, la musa de Rossetti en la pintura y poesía, fue Jane Morris, la esposa del poeta William Morris, quien por temor al temperamento exaltado del artista se alejó de él. Rossetti se hace adicto a las drogas y padece una crisis esquizofrénica. Las figuras femeninas voluptuosas se vuelven recurrentes en su obra. En 1869, publicó sus poemas con buena acogida de la crítica. Desde 1869 a 1871 estuvo pintando su último cuadro importante: “El sueño de Dante”. Al año siguiente intenta suicidarse tras una crisis nerviosa. Murió en Brichington, Kent, el 9 de abril de 1882.